Divendres, 14 de Maig de 2021

Els pobladors de la Xina (1876-1882), segons Eduard Toda

01 d'Abril de 2021, per Jaume Massó
  • El llibre 'La vida en el celeste imperio', de Toda

    Cedida

Sens dubte, l'advocat, cònsol, escriptor, sinòleg, egiptòleg, historiador, bibliòfil i gestor patrimonial Eduard Toda i Güell (Reus, 1855 - Poblet, 1941) és un dels personatges més interessants de la seva època. La seva carrera consular li va permetre conèixer in situ diferents països d'Àsia, d'Europa i d'Àfrica. El 1876 fou destinat com a vicecònsol espanyol a la colònia portuguesa de Macau (en va prendre possessió el 31 de març) i després exercí el mateix càrrec a Hong-Kong (possessió: 30 d'abril de 1878), a Canton i Whampoa (possessió: 1 de juliol de 1878) i a Xangai (possessió: 18 d'octubre de 1880).

Fins als darrers mesos de 1882, va visitar molt indrets del país i també es desplaçà a les Filipines i al Japó. Per a l'exposició 'Mirant l'altre', que podeu visitar al llarg de tot aquest any a la planta baixa del Museu de Reus, al núm. 59 del raval de Santa Anna, vaig recopliar diversos textos d'Eduarda Toda referents a la seva llarga estada a l'Extrem Orient.

Els transcric als paràgrafs que segueixen. El mateix dia que va arribar a Macau, el 25 de març de 1876, Toda anotà en el seu dietari personal –que edità íntegrament, l'any 2008, el Museu d'Arqueologia Salvador Vilaseca– aquesta primera apreciació: «Predomina en Macao el elemento chino sobre el europeo y mestizo [...]. Los mestizos o macanenses son un tipo especial, mezcla de indio, malayo, chino y portugués, tipo degenerado, y de color muy subido al amarillo. A la mugeres de esta clase, extremadamente feas, las llaman ñoñas [...]. Algunos soldados de la guarnición, europeos, me han pedido limosna. Lo que más incomoda en Macao son los mendigos: no se puede asomarse al balcón o salir a la calle sin verse acometido por una turba de mugeres, viejos asquerosos y chiquillos. Entre los segundos he visto algunos leprosos».

Unes quantes setmanes després, el 6 de juliol, en una carta adreçada al seu amic Josep Maria Morlius, li explicava: «En la China hay materia para volver loco a un hombre de sano entendimiento. Hasta ahora no he podido encontrar a esa raza laboriosa, inteligente, astuta, cuyos adelantos en mecánica y en ciencias se han supuesto superiores a los nuestros. He visto sólo un pueblo servil, canalla, haragán, hambriento, pueblo miserable y de miserables. El chino para mí es el tipo de hombre falso, hipócrita y cobarde, y desde el emperador al último coolie dudo que pudiera encontrarse un hombre de cola que teniendo la ocasión no se aprovechara de lo ageno».

Al seu llibre 'La vida en el Celeste Imperio', imprès a Madrid l'any 1887, Toda donà encara més detalls sobre la vida i els costums dels habitants d'aquell immens país: «El pueblo chino, orgulloso con su historia y con su filosofía, lleno de prevención contra los extranjeros y de odio hacia cualquier innovación de sus costumbres; que llama bárbaro, como los antiguos griegos, á lo que no es de su país, y desprecia lo que desconoce ó lo que no entiende, aquel pueblo vive la vida egoísta de los seres que no sienten ninguna de las pasiones que elevan el alma. En el hogar doméstico falta el cariño y la consideración; en el trato social falta el respeto mutuo; en los dolores de la vida faltan la compasión y la piedad que en Occidente han redimido y redimen á tantos pecadores. Prueba evidente del relajamiento moral en la familia china es el infanticidio, que casi es costumbre cometer en las niñas. Desnaturalizada y horrible parecerá esta costumbre á los ojos de los lectores europeos, y sin embargo, es rigurosamente cierto que en China el nacimiento de una niña se considera como una desgracia en el seno de las familias pobres [...]» (p. 130).

«Al componer este libro acerca de la vida china, he querido en primer término ser exacto, narrar las cosas como las he visto, pesando muy poco en la balanza de mis juicios la idea de que podía comprometer con ello el porvenir de mi carrera. Rendí tributo á la verdad, al describir los habitantes del Celeste Imperio sin pasión de raza, sin malevolencias que no entran en mi carácter, sin odios que ninguna razón justificaría. Y por ello me complazo ahora en abrir un paréntesis á la serie de hábitos extraños, de miserias horribles, de supersticiones groseras que aniquilan aquellas gentes, para reseñar las leyendas patriarcales de sus campos y de sus libros, inagotable caudal de ternura y sentimiento» (p. 193).

«Después de haber sido centro y emporio del comercio extanjero en China, aquella colonia portuguesa está hoy en completa decadencia no teniendo recursos para sostener los crecidos gastos de una administación tan embrollada como inútil. Toda la grandeza antigua ha desaparecido. Buscad los varoniles rostros de aquellos intrépidos marinos que en los siglos XV y XVI plantaron las quinas lusitanas en todas las costas de África y del Asia, y hallareis sólo tipos degenerados, una raza indo-malayo-china perezosa para el trabajo, indolente para el estudio, viciada por el inmoral tráfico de colonos chinos, ocupada únicamente, tarea triste, en maldecir de la madre patria. Y para colmo de desdicha he de añadir que no hay probablemente en ningún otro rincón del mundo mujeres más feas (ellas me perdonen) que las mujeres macanenses. Tienen el color aceitunado, las mandíbulas salientes, la frente echada hacia atrás, la nariz chata, los ojos pequeños y sin expresión, el cuerpo mal formado. A esta carencia de atractivos naturales, hay que añadir una estrambótica manera de vestir y un gusto pésimo en la elección de colores [...]» (p. 246).

«Al terminar este libro, quisiera condensar en pocas líneas mi opinión acerca los destinos del pueblo cuya vida íntima y social acabamos de estudiar. El chino es trabajador, pero por causa de la constitución social y política á que vive sujeto, el trabajo no le eleva ni dignifica. Es víctima de sus gobernantes, que le explotan hasta lo increíble, es pobre, y en su cerebro no se anida una idea de próxima ni remota redención: sin ser religioso ni mucho menos, ni del todo ignorante, es presa de todas las supersticiones, y carece de la fe en la providencia del bien, sin sentir los estímulos de la propia dignidad que en los trances difíciles salvan al hombre, sólo siente, se mueve y lucha para no morir de hambre. Dificilmente podrán los chinos salir de tan triste situación, mientras no rompan los estrechos y caducos moldes de sus instituciones de gobierno. El Celeste Imperio es una agrupación ficticia de nacionalidades que no tienen de común más que la tiranía que las ha dominado desde tiempo inmemorial, con pocas excepciones» (p. 330).

«Pero en el centro de Asia, desde las inaccesibles sierras de Ladak en el Tibet occidental, hasta las inmensas estepas del desierto de hierba y las llanuras de Mongolia, existen unas razas desconocidas, ignoradas, perdidas en aquellos países rara vez vistos por el viajero; gentes que son pastores y cazadores en tiempos de paz, é invencibles guerreros cuando un caudillo de prestigio las llama y las enardece como lo hicieron Jengiskan y Timur, para lanzarlas a la conquista de todo un continente. Quizás ellas caigan algú día sobre el gran Imperio, y al destrozarle y al repartirselo infundan nueva vida á aquellos entecos organismos, y sean causa providencial de la regeneración del pueblo chino» (p. 331).

Pocs anys després, en l'article "El Papa en el Vaticano", publicat el 7 de desembre de 1891 a la revista barcelonina 'La Ilustración Artística' (p. 772-774), Toda es mostrà més tolerant: «Porque á nadie quiero ofender yo, pobre viajero que en largas expediciones á todos los países del globo, he sacado como primero y más importante fruto de mis correrías la tolerancia á todos los principios, por extraños ó singulares que en mi fuero interno me parezcan. Pisé los umbrales de las mezquitas africanas, dejando reverentemente mis zapatos al guardián de la puerta; compré tres bastones de incienso para perfumar la pagoda del dios budista en el extremo Oriente; adoré el tabernáculo en la sinagoga judía, y tuve en la mano, durante dos horas, el libro de salmos que se cantaban en el templo protestante, y el cirio rojo en el templo ortodoxo al celebrarse el banquete eucarístico de pan y vino».

Jaume Massó Carballido (Institut Municipal Reus Cultura).

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