Dilluns, 19 d'Abril de 2021

Els pobladors d'Egipte (1884-1886), segons Eduard Toda

07 d'Abril de 2021, per Jaume Massó
  • Família d'Assiut

    Fons Toda de la Biblioteca Museu Víctor Balaguer (Vilanova i la Geltrú)

El passat 1 d'abril, en aquest mateix mitjà, va aparèixer l'article "Els pobladors de la Xina (1876-1882), segons Eduard Toda", que ve a ser una mena de precedent del que es publica avui. Després de la seva llarga estada a l'Extrem Orient, Eduard Toda i Güell (1855-1941) gaudí d'una mena d'any sabàtic, que va aprofitar –entre altres coses– per a connectar directament amb el catalanisme i amb el moviment cultural de la Renaixença, tot iniciant una llarga sèrie de col·laboracions en diaris i revistes catalans.

El 18 d'abril de 1884, Eduard Toda va prendre possessió del càrrec de vicecònsol espanyol al Caire, la capital d'Egipte, país en què va treballar gairebé dos anys i on ben aviat va saber parlar la llengua àrab. Tres anys després, el 1889, Toda publicà a Madrid el llibre A través del Egipto, en què donava compte de moltes de les seves múltiples activitats i experiències al país dels faraons. Tot seguit en transcric els paràgrafs que m'han semblat més significatius de les seves descripcions personals de la vida i dels costums dels habitants d'Egipte:

«Es sumamente curioso el aspecto que ofrecen todas las ciudades de Egipto, con sus calles pobladas de diversidad de gentes. [...] El estudio algo detenido de las costumbres del Egipto moderno muestra las diferencias esenciales que existen entre aquellas gentes. Se diría que cada una de sus razas está fatalmente destinada a un objeto particular, que tiene un fin propio que realizar, o marcha por el sendero que el destino le trazara, sin poder desviarse por motivo alguno.» «Podemos clasificar a los habitantes de Egipto en cuatro grandes grupos. Forman el primero los indígenas, o sea los descendientes de los antiguos pobladores del país hasta la época de la conquista musulmana, y comprende a los fellahs y a los coptos. El segundo grupo, está formado por los auxiliares de los indígenas, es decir, por aquellos que, si bien geográficamente considerados egipcios hasta las revueltas de estos últimos años, tienen carácter propio y han formado siempre raza aparte en el desierto o en las comarcas del alto Nilo: son los beduinos, los negros y los berberiscos. Constituyen el tercer grupo los invasores, que ocuparon el país por la fuerza y se han establecido en él: son los árabes y los turcos. Finalmente, hay el cuarto grupo, compuesto de extranjeros residentes en las ciudades principales, y lo forman los judíos, los levantinos y los europeos de diferentes nacionalidades.»

«Empecemos por describir el fellah. Así se llama vulgarmente en Egipto al indígena que reside en el campo y está dedicado a las labores agrícolas. Su tipo es harto conocido. Pequeño de estatura, seco, nervioso, fuerte, de color aceitunado, lleva el cabello cortado, sus ojos son pequeños y algo vueltos en sus extremos hacia el cráneo, pareciendo indicar un tipo medio entre el ario y el mongol. Su nariz y su boca son pequeñas, sus dientes regulares y extremadamente blancos. Cubre su cabeza un gorro de fieltro hecho de pelo de camello, que se adapta al cráneo. Sobre su cuerpo flota la túnica de blanco algodón, alguna vez ceñida por una faja o una cuerda. La pierna aparece desnuda, como también el pie, que sólo en las grandes solemnidades lleva calzado por enormes babuchas tunecinas.»

«También se supone a los coptos descendientes de los antiguos egipcios, a mi juicio con falta de exactitud. Basta ver al copto, alto, fornido, de cara bronceada, cabello largo, ojos negros y rasgados, para comprender al instante que nada tiene de común con el fellah. Mejor pueden verse en ellos los restos de aquellos griegos dominadores del país después de la conquista macedónica, que fueron convertidos al cristianismo durante los primeros tiempos de la Iglesia. Su inteligencia, su tipo, sus maneras y hasta las costumbres hacen imposible confundirse con los descendientes de las turbas alistadas bajo las banderas de los Faraones, o adscritos a las obras de los templos. Y no debe olvidarse que en el Egipto antiguo la masa de la población debía arrastrar la más miserable de las existemcias».

«Los beduinos son los bedu, es decir, los nómadas, los hijos del desierto, como los árabes los llaman. Son altos, delgados, bien formados, de cabeza regular, cara luciente y bronceada, poca barba. Es sumamente airoso el traje que visten, consistente en un casquete blanco, encima del cual se arrolla la faja de algodón del turbante, una camisa blanca y una capa negra o de color marrón oscuro, con lo cual se envuelven la cabeza. Sus mujeres visten telas de color azul, llevan descubierta la cabeza y peinado el cabello con pequeñas trenzas que caen por la espalda. Llaman la atención cuando están embarazadas, por la costumbre que tienen de sujetarse o ceñirse la parte inferior del vientre con una cinta encarnada que pasa por encima del vestido. [...] El número de beduinos sometidos al Egipto debe pasar de cuarenta mil, divididos en diferentes tribus. Generalmente son pacíficos, bajo el punto de vista de no dirigir ataques a mano airada, pero todos son rateros siempre que se les ofrece ocasión de apoderarse de lo ajeno. [...] Sin embargo, son generalmente cobardes, casi tan cobardes como crueles. Al europeo que bajo su custodia cruza el desierto le aburren, le roban, y no le secuestran o le matan si tomó la elemental precaución de avisar de su salida a las autoridades egipcias. Son sucios, no se lavan nunca y viven de la manera más frugal con un poco de carne de camello y carnero que asan en las arenas del desierto. Su religión es oficialmente la mahometana, por más que muchos de ellos conocen tanto el Corán como los libros de Confucio».

«Los negros que habitan Egipto proceden, en su inmensa mayoría, de la antigua trata de esclavos. Nadie ignora que el centro de África ha dado siempre el contingente de siervos negros a todos los países donde existía la esclavitud, no extinguida aún a pesar de las severas prohibiciones contenidas en varios pactos internacionales. Verdad es que no van ya los barcos negreros a las costas de África a buscar su flete de carne humana para América, pero más de una vez, cuando en las noches de tranquila calma, que tan frecuentes son en el mar Rojo, el viajero que va o viene de Oriente no puede conciliar el sueño en su camarote y se pasea por el puente del vapor, ve deslizarse silenciosamente a su lado pequeños barcos de anchas velas, que se alejan rápidos hasta perderse de vista en el horizonte, cual fantasmas de un sueño. Son barcos negreros. Buscaron su carga en la costa de los somalís y van a aligerarla al golfo Pérsico a los puertos de Zemén. [...] Esclavos son aún la mitad de los negros que viven en El Cairo, mujeres en su inmensa mayoría, empleadas en los harenes de los ricos. Esclavos y no otra cosa son los soldados que forman los regimientos negros del Soberano, a decir verdad, los más sólidos y mejor disciplinados de todo el ejército egipcio.»

«La raza árabe tiene importante representación en Egipto, lo cual no es de extrañar sabiendo que los invasores islamitas que se apoderaron del país en tiempo de Omar, han permanecido en él y no han sido nunca perseguidos ni echados. Sin embargo, los antiguos conquistadores han perdido muchísimo con el transcurso del tiempo y con la dominación turca; su carácter se ha rebajado considerablemente en términos que hoy ya sólo en las clases bajas de la sociedad se encuentra el árabe. Con poca frecuencia es empleado del Gobierno, casi nunca empleado superior. Se ocupa del comercio de drogas y productos del Sudán, ahora suspendido por causa de la sublevación madhista. Es tendero en los bazares, y vende con preferencia aceites y perfumes, telas, zapatos y otros objetos baratos de uso diario en la vida. A veces se coloca como criado, y hay que reconocer que es rematadamente malo: los cocineros especialmente no pueden sufrirse sin tener gran dosis de paciencia. También el árabe es músico, y en los de su raza se reclutan los cantores ambulantes que tanto deleitan al público de los cafés.»

«Los turcos no abundan en Egipto, a pesar de ser los dominadores del país, ya que la actual dinastía de los Jedives, fundada por Mohamed Alí a principios a este siglo, procede de la Rumelia. Hasta hace pocos años vincularon en sus manos todos los altos cargos civiles y militares del país, pero a causa de su detestable administración y sus corrompidas costumbres han sido sustituidos por europeos y levantinos. Algunos conservan cierto rango sostenido por una buena fortuna, y habitan los barrios del viejo Cairo entregados a las delicias de la vida oriental con su indolencia y sus harenes: otros menos afortunados ejercen en las ciudades pequeñas industrias o se dedican al comercio».

«Los judíos son actualmente la verdadera peste del Egipto. No he de hablar por el momento de los judíos europeos, que, como los Rothschild se han apoderado de todos los regios dominios hipotecados para los empréstitos , y son por tanto dueños de la tercera parte de las tierras de cultivo. Me refiero sólo a ls que residen en el país y que, desde la suntuosa dirección de sus bancos de préstamos o el miserable chamizo, donde esconden sus usuras, han tomado Egipto como centro de la explotación más baja y ruin que pueda imaginarse. [...] En Alejandría y en El Cairo hay pequeñas colonias de judíos evidentemente oriundos de España; hablan nuestra lengua en forma algo anticuada, y sus mismos apellidos, Ximenes y otros parecidos, acusan su procedencia. [...] Estos judíos tienen a honra llamarse españoles, lo cual podría ser para nosotros motivo de orgullo nacional, si no se tratara generalmente de truhanes y bribones en el sentido más lato de la frase. [...] El día que el Gobierno español mande suspender y acabar la protección que en Oriente dispensamos a los judíos por suponerles oriundos de la patria, la moralidad habrá ganado mucho y nos veremos libres de un atajo de canallas que en todas partes nos pone en singular y triste evidencia. En todas las esferas sociales se encuentran a los judíos en Egipto, y a decir verdad no son simpáticos en ninguna. [...] Quiero acordarme de alguna excepción, y quizás no podría señalar media docena de judíos conocidos que no deban sus fortunas al engaño y a la usura».

«Los levantinos forman una parte muy típica de la población de Egipto. Sabido es que en épocas pasadas todos los pueblos del Mediterráneo mantenían relaciones mercantiles muy frecuentes y estrechas con los puertos de Constantinopla, Alejandría y demás de aquellas costas, llamados las escalas de Levante. Muchos mercaderes fueron a establecerse en dichas ciudades, siendo llamados levantinos exactamente como ahora llamamos americano al que vive algún tiempo en los países de América. Algunos documentos españoles del siglo XVI los denominan también levantiscos. Los hijos de los levantinos, nacidos en el país, han adoptado varias de sus costumbres, hablan perfectamente el árabe, así como también otros idiomas europeos, y encuentran empleos adaptados a sus especiales aptitudes en los escritorios y despachos de los comerciantes extranjeros. Sin embargo, es forzoso reconocer que en el levantino ha degenerado bastante la raza europea, lo cual es prueba de la gran fuerza niveladora que tiene el clima de Egipto. Estos levantinos, aunque visten a la europea y afectan tener nuestras maneras y poseer nuestra educación, no disimulan fácilmente una porción de malas cualidades que el continuo trato con los orientales en ellos ha desarrollado. Son falsos, poco escrupulosos, ligeros, débiles de carácter, incapaces de dedicarse a estudio alguno excepto el de lenguas. Sólo los que han descendido a las últimas esferas de la sociedad se procuran la subsistencia trabajando en una industria cualquiera; la inmensa mayoría se compone de señoritos que se avergonzarían de tocar una herramienta. Si algo tienen nuestro, son los vicios, que por desgracia juntan a los inherentes a la sociedad oriental en cuyo seno han nacido».

«Entre los levantinos se suele contar también a los sirios y a los armenios, que tienen considerables colonias de individuos de su raza en Alejandría, El Cairo y otras poblaciones de Egipto. No se dedican a industrias manuales, sino que, poseyendo la misma especial facultad de los europeos nacidos en el país para aprender idiomas extranjeros, procuran colocarse en las oficinas de los comerciantes, y además dan crecido contingente de pequeños empleados a las del Gobierno. Los armenios son mucho más inteligentes que los sirios.»

«Hablemos, para terminar, de la colonia de extranjeros residentes en Egipto. [...] De esos europeos los griegos son los peor reputados, y ciertamente merecen el concepto en que se les tiene. Rivalizan con los judíos en malas mañas para embaucar a los fellahs prestándoles dinero a interés exorbitante, y no se comete crimen en las ciudades en que no resulte, por los menos, complicado algún griego. Ellos tienen las miserables casas de juego de que están infestadas las ciudades egipcias; sus mujeres dan, junto con las italianas, un crecido contingente a las casas de placer; son generalmente embusteros, falsos, estafadores hasta burlarse constantemente de las leyes que no los castigan. ¡Y esos son los descendientes del pueblo ateniense y así representan en Egipto la patria de Homero y de Temístocles!».

«Las demás colonias están bastante mezcladas, pero son muy superiores a la griega. Muchos de sus miembros ocupan elevadas posiciones en el comercio, la banca y en la administración pública, y en nada desdice su sociedad de la más culta de Europa. Pero a pesar de esto, perderá miserablemente su tiempo el extranjero que vaya a Egipto a buscar las distracciones y el recreo que puedan ofrecerle Alejandría o El Cairo. En aquel país debe vivirse la vida del pasado, dejar la ciudad por el desierto, los palacios de hoy por los monumentos de ayer, el bullicio de la capital por la soledad de las ruinas. Los que así no gocen y disfruten, que nunca se les ocurra cruzar el Mediterráneo».

Jaume Massó Carballido (Institut Municipal Reus Cultura).

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